20 Set

XXV Domingo del Tiempo Ordinario

El Evangelio nos invita a reflexionar sobre el drama del hombre cuando no tiene en cuenta el amor de Cristo por la humanidad y es víctima de la arrogancia del poder y de la búsqueda de los primeros puestos.

POR TU CRUZ Y RESURRECCIÓN

El pasaje de este domingo contiene el segundo anuncio de la muerte y resurrección del Señor. Jesús dice: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará» (Mc 9, 31). Pero los discípulos «no entendían lo que decía y les daba miedo preguntarle» (v. 32). En efecto, leyendo esta parte del relato de Marcos se evidencia que entre Jesús y los discípulos existía una profunda distancia interior; se encuentran, por así decirlo, en dos longitudes de onda distintas, de forma que los discursos del Maestro no se comprenden o sólo es así superficialmente.
El apóstol Pedro, inmediatamente después de haber manifestado su fe en Jesús, se permite reprocharle porqué ha predicho que tendrá que ser rechazado y matado. Tras el segundo anuncio de la pasión, los discípulos se ponen a discutir sobre quién de ellos será el más grande (cf. Mc 9, 34); y después del tercero, Santiago y Juan piden a Jesús poderse sentar a su derecha y a su izquierda, cuando esté en la gloria (cf. Mc 10, 34-35).
¿Qué nos dice todo esto? Nos recuerda que la lógica de Dios es siempre «otra» respecto a la nuestra, como reveló Dios mismo por boca del profeta Isaías: «Mis planes no son sus planes, sus caminos no son mis caminos» (Is 55, 8). Por esto seguir al Señor requiere siempre al hombre una profunda conversión —de todos nosotros—, un cambio en el modo de pensar y de vivir; requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente.
Un punto clave en el que Dios y el hombre se diferencian es el orgullo: en Dios no hay orgullo porque Él es toda la plenitud y tiende todo a amar y donar vida; en nosotros los hombres, en cambio, el orgullo está enraizado en lo íntimo y requiere constante vigilancia y purificación. Nosotros, que somos pequeños, aspiramos a parecer grandes, a ser los primeros; mientras que Dios, que es realmente grande, no teme abajarse y hacerse el último. (Benedicto XVI, Ángelus, 23/09/2012)

XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Según nuestra manera de pensar, sólo siendo importantes, teniendo poder, estando arriba… podemos alcanzar ideales de justicia y fraternidad. Por eso creemos que es indispensable luchar por el poder.
Jesús nos dice hoy todo lo contrario: sólo los últimos, los que no cuentan, los que se ponen humildemente en actitud de servicio, pueden abrir caminos auténticos hacia una nueva sociedad. Pero quien sigue este camino puede ser perseguido, rechazado…
La lógica de Jesús es realmente desconcertante para nosotros. ¿Estamos dispuestos a aceptarla?

Puedes acceder al documento desde el siguiente enlace: Pan del Alma 19 de setiembre.

Fuente: Salesianos Perú